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Hay vida más allá de los exámenes

Hay vida más allá de los exámenes

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Ayer, mirando las estadísticas del blog, descubrí con absoluta perplejidad qué es lo que ha llevado a la mayoría de los lectores que han llegado por casualidad a él a entrar y leer lo que escribo y aún después de una noche entera de sueño y un largo desayuno cargado de reflexiones no consigo salir de mi asombro. Esperaba a futuros intérpretes llenos de dudas, profesionales aburridos que quisieran entretenerse con anécdotas de principiantes y me entristeció mucho ver cómo los términos más tecleados en Google por los que los alumnos han llegado a mi blog han sido “cómo controlar los nervios antes de un examen” en sus múltiples facetas.

No quisiera parecer frívola ante la situación de los millones de estudiantes de lengua española que se examinan cada año en sus respectivos países, pero antes de que se me empiecen a arrojar cuchillos sin leer al menos mi humilde opinión me gustaría expresar abiertamente (para eso escribo el blog) porqué esa búsqueda en concreto me parece una soberana estupidez.

El concepto mismo de “examen” es el de una prueba que nos debe mostrar si estamos aptos o no para realizar una determinada tarea con fines a conseguir un objetivo (ya sea profesional o intelectual). No aprobar un examen significa SIMPLEMENTE que la persona que quiere llevar a cabo dicha tarea no está preparada para hacerlo. Y desde mi punto de vista, cada vez que un alumno suspende un examen la humanidad puede dormir tranquila. Pensad por un segundo en el examen de conducir o en un examen de medicina. ¿A quién se favorece dándole en carnet de conducir a una persona que pasado mañana se olvidará de dónde está el pedal de freno? Vivimos en un mundo en el que se nos mete en la cabeza que el examen es un fin en sí mismo, no un medio para conseguir lo que está al otro lado. El que fracasa en un examen ha fracasado en su objetivo, porque su objetivo era aprobar el examen, ¿os dais cuenta del absurdo? Sentir temor, incluso miedo, ante la incertidumbre es algo intrínseco de la especie humana, pero los ataques de pánico que he visto a mi alrededor en los últimos años bien se merecen un buen guantazo.

“Qué fácil parece todo, dicho así, ni que tu nunca hubieras hecho un examen”, pensarán algunos. Pues sí, he sido (y soy, de hecho, debido a mi profesión) alumna; y además he tenido la suerte de ser profesora. Y creedme, no hay vuelta de hoja.

Algunos se justificarán diciendo que cada alumno tiene sus propias circunstancias personales, además de las académicas, que le influyen y agravan su estado de nervios antes de un examen. ¿Cómo puedes saber tú, María, sentada tras la pantalla de tu ordenador, la situación económica de mis padres, que se esfuerzan en pagarme la carrera y necesitan que apruebe porque ese esfuerzo ya ha empezado a asfixiarnos? ¿o que estoy a punto de enfrentarme a la prueba que me abrirá las puertas del sueño de mi vida? Que sí, que sí, que tenéis razón, que cada uno tiene su vida y cada vida es diferente. Sinceramente, ¿no valía la pena que el día aquel que en vez de sentarte a estudiar te fuiste con tus amigos de fiesta no te lo hubieras pensado dos veces? ¿Es mejor, entonces, que estés ahora sufriendo un ataque de nervios por una decisión que no fue la correcta? Porque admítelo, si estás nervioso es porque sientes que no estás del todo preparado para aprobar y, si no estás preparado para aprobar es porque en tu fuero interno sabes que podrías haber hecho más y no lo hiciste; entonces ¿de qué nos lamentamos?. Nuestra vida son decisiones y los éxitos o fracasos que ocurran en ella son las consecuencias de tales decisiones.

Cuando salimos al mercado laboral o, ni siquiera hace falta irse tan lejos, cuando llegamos a la universidad, por ejemplo, nos encontramos con una sociedad cada vez más preparada y elitista. En este mundo hay cada vez menos sitio para los mediocres, por no mencionar siquiera a aquellos que han hecho tal o cual cosa sin mucho interés, por el simple hecho de que tal camino ofrece buenas perspectivas económicas o es que a mis padres les gustaba que estudiara esto. Entonces, ante el terror que infunde la perspectiva de un suspenso ¿no es mejor pensar en el riesgo de no estar preparado?. Pensad de nuevo en el examen de conducir, por favor. Es así de simple, no importa si hemos aprobado o no, lo que importa es que si no damos la talla una vez aprobados estamos jodidos mal vamos. Y creedme, fuera del ámbito de los estudios las segundas oportunidades son más bien escasas. Los coches van a seguir existiendo, por lo que, en caso de suspender, siempre habrá una segunda oportunidad. Somos humanos, nos equivocamos y tomamos decisiones que no siempre son las correctas, pero ¿sabéis qué es lo bueno de esto?. Que nada es definitivo y que siempre podemos volverlo a intentar. Los hay, por supuesto, que deben los nervios a su situación económica (“no me puedo permitir suspender este examen”), pero, en la gran mayoría de los casos, el miedo que nos provoca el suspenso es, simplemente, el daño que vamos a infligir a nuestro ego. Porque vamos a ser sinceros, tenemos una edad en la que papá ya no nos va a castigar sin salir por haber suspendido ni mamá va a pegarnos con la zapatilla por las malas notas. Lo único que puede pasar es que “perdamos la oportunidad”. Perdamos la oportunidad de entrar en esa carrera, de realizar tal o cual trabajo o de aprobar esta o aquella asignatura. Pero me reitero, ¿qué oportunidad pierde aquel que no está preparado?, ¿qué oportunidad pierde, por ejemplo, el aspirante a intérprete que no aprueba el examen de fin de máster? ¿La de trabajar en la Comisión? ¿La de salir del máster a hombros y por la puerta grande? La única oportunidad que pierde el que no ha aprobado es la de quedar en ridículo ante colegas y clientes y la de dar un batacazo tras el que difícilmente podrá levantarse; ¿no es mejor pensar que si no se está preparado ahora ya se estará en la siguiente convocatoria?

A todos aquellos que no se sienten preparados, que están bajos de ánimos o que están tensos pensando en cómo hacer para aprobar el examen os digo: estudiar cuanto y como podáis, llegad al examen seguros y confiados por lo que habéis asimilado y lo que no que no os de miedo, porque por mucho miedo que sintáis ya no lo vais a asimilar; hacedlo lo mejor que podáis y, si por casualidad no aprobáis, tranquilos, no es el fin del mundo. Nadie os juzgará por haberlo intentado, no se os cubrirá de laureles por aprobar ni se os señalará con el dedo si suspendéis. La vida en sí misma es un proceso de aprendizaje en el que no se aprende todo a la primera.

BUENA SUERTE

(Dedicado especialmente a mis hermanos, MªLuisa y José María, que en estos días estarán realizando sus exámenes de selectividad)

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Sobre mí / María Fernández-Palacios

Intérprete de conferencias autónoma en activo y traductora, amplia experiencia en congresos y convenciones de alto nivel.

Últimos comentarios

  • Olatz Rodríguez
    junio 18, 2013 at 11:18 am Responder

    Hola:

    ¡Muy buena entrada! Creo que tienes razón en cada aspecto que has comentado. Yo soy estudiante de TeI y admito que he hecho exámenes que son un fin por sí mismos, como por ejemplo Teoría de la Literatura. Estaba tan mal planteada la asignatura, que estudiamos todo casi de memoria para hacer el examen y olvidarnos al día siguiente del contenido. ¿Mejor ejemplo que ese para demostrar que a veces un examen es el fin en sí mismo? Esto no tiene ni pies ni cabeza.

    Sin embargo, esos son casos muy concretos y (afortunadamente) aislados en TeI. Casi todo lo que hacemos es práctica, aprender cosas nuevas todos los días y durante este año (tercero) apenas hemos tenido exámenes teóricos. En mi opinión, es un acercamiento con el que han acertado plenamente, pues nos ha ayudado mucho a mejorar como futuros traductores y hemos dado un pasito más para poder la talla.

    Finalmente, creo que a veces un examen no es suficiente para demostrar las aptitudes de las personas. Por lo tanto, me da mucha rabia que haya injusticias, sobre todo cuando son exámenes que te van a condicionar el futuro.

    Felicidades por la entrada, me ha gustado mucho.

    Saludos,

    Olatz

  • Admirador no tan secreto...
    junio 20, 2013 at 2:57 am Responder

    El concepto me parece que no es si “hay vida más allá de los exámenes”, sino si “hay vida antes de los exámenes”. Muchas veces las personas más preparadas, que no han hecho nada más que estudiar antes del examen, sienten todo el peso del mundo y acaparan todo el agobio posible. Yo puedo ser la persona que menos se preocupa de los exámenes en el mundo, pero hay que tener en cuenta que hay gente que habiendo estudiado todo lo que ha podido se preocupa y se seguirá preocupando aunque repetidamente saque ochos, nueves y dieces en sus notas.

    Casos de esos conozco a patadas, no tiene nada que ver el dinero invertido, que el examen sea un fin en sí mismo, o que te hayas apostado catorce azotes en el culo si suspendes, hay gente que se preocupa porque es su naturaleza, y eso es casi imposible de cambiar.

    P.D.: Por cierto, bonito blog, nunca me había pasado por aquí… es bastante… azul ^^

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